Hiroyuki Hamada llegó a la escultura como parte de un proceso. Acostumbrado a mezclar yeso con la pintura, el primero se volvió cada vez más dominante en el soporte, lo que lo llevó a dejar de utilizar pintura y a construir figuras irregulares. Cada obra sugiere múltiples lecturas, un balance entre el caos y la repetición –encontrados en la naturaleza– y la extraña capacidad de transformar materiales para la construcción –madera y yeso– en objetos llenos de espíritu y casi conscientes de sí mismos.

